sábado, 17 de mayo de 2008

Parte I - Capítulo VII

La esencia de la Revolución


Descrita así rápidamente la crisis del Occidente cristiano, es oportuno analizarla.

1. LA REVOLUCIÓN POR EXCELENCIA

Ese proceso crítico de que nos venimos ocupando es, ya lo dijimos, una revolución.

A. Sentido de la palabra “Revolución”
Damos a este vocablo el sentido de un movimiento que persigue destruir un poder o un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas (intencionalmente no queremos decir orden de cosas) o un poder ilegítimo.

B. Revolución cruenta e incruenta
En ese sentido, en rigor, una revolución puede ser incruenta. Esta de que nos ocupamos se desarrolló y continúa desarrollándose por toda suerte de medios, algunos de los cuales cruentos, y otros no. Las dos guerras mundiales de este siglo, por ejemplo, consideradas en sus consecuencias más profundas, son capítulos de ella, y de los más sangrientos. Mientras que la legislación cada vez más socialista de todos o casi todos los pueblos de hoy constituye un progreso importantísimo e incruento de la Revolución.

C. La amplitud de esta Revolución
La Revolución ha derribado muchas autoridades legítimas, sustituyéndolas por otras sin ningún título de legitimidad. Pero sería errado pensar que ella consiste sólo en esto. Su objetivo principal no es sólo la destrucción de éstos o de aquellos derechos de personas o familias. Más que esto, ella quiere destruir todo un orden de cosas legítimo, y sustituirlo por una situación ilegítima. Y “orden de cosas” aún no lo dice todo. Lo que la Revolución pretende abolir es una visón del universo y un modo de ser del hombre, con la intención de sustituirlos por otros radicalmente contrarios.

D. Revolución por excelencia
En ese sentido se comprende que esa Revolución no es sólo una revolución, sino que es la Revolución.

E. La destrucción del orden por excelencia
En efecto, el orden de cosas que viene siendo destruido es la Cristiandad medieval. Ahora bien, esa Cristiandad no fue un orden cualquiera, posible como serían posibles muchos otros órdenes. Fue la realización, en las circunstancias inherentes a los tiempos y lugares, del único orden verdadero entre los hombres, o sea la civilización cristiana.

En la Encíclica Immortale Dei, León XIII describió en estos términos la Cristiandad medieval: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer” [1].

Así, lo que ha sido destruido desde el siglo XV hasta aquí, aquello cuya destrucción ya está casi enteramente consumada en nuestros días, es la disposición de los hombres y de las cosas según la doctrina de la Iglesia, Maestra de la Revelación y de la Ley Natural. Esta disposición es el orden por excelencia. Lo que se quiere implantar es, per diametrum, lo contrario a esto. Por tanto, la Revolución por excelencia.

Sin duda, la presente Revolución tuvo precursores, y también prefiguras. Arrio, Mahoma, fueron prefiguras de Lutero, por ejemplo. Hubo también utopistas en diferentes épocas, que concibieron, en sueños, días muy parecidos a los de la Revolución. Hubo por fin, en diversas ocasiones, pueblos o grupos humanos que intentaron realizar un estado de cosas análogo a las quimeras de la Revolución.

Pero todos estos sueños, todas estas prefiguras poco o nada son en comparación con la Revolución en cuyo proceso vivimos. Ésta, por su radicalidad, por su universalidad, por su pujanza, fue tan hondo y está llegando tan lejos que constituye algo sin par en la Historia, y hace que muchos espíritus ponderados se pregunten si realmente no llegamos a los tiempos del Anticristo. De hecho, parece que no estamos distantes, a juzgar por las palabras del Santo Padre Juan XXIII, gloriosamente reinante: “Nos os decimos, además, que en esta hora terrible en que el espíritu del mal busca todos los medios para destruir el Reino de Dios, debéis poner en acción todas las energías para defenderlo, si queréis evitar a vuestra ciudad ruinas inmensamente mayores que las acumuladas por el terremoto de cincuenta años atrás. ¡Cuánto más difícil sería entonces el resurgimiento de las almas, una vez que hubiesen sido separadas de la Iglesia o sometidas como esclavas a las falsas ideologías de nuestro tiempo!” [2].

2. REVOLUCIÓN Y LEGITIMIDAD

A. La legitimidad por excelencia
En general, la noción de legitimidad ha sido enfocada apenas con relación a dinastías y gobiernos. Atendidas las enseñanzas de León XIII en la Encíclica Au Milieu des Sollicitudes, del 16 de febrero de 1892
[3], no se puede empero hacer tabla rasa de la cuestión de la legitimidad dinástica o gubernamental, pues es cuestión moral gravísima que las conciencias rectas deben considerar con toda atención.

No obstante, no es sólo a este género de problemas que se aplica el concepto de legitimidad.

Hay una legitimidad más alta, aquella que es la característica de todo orden de cosas en que se haga efectiva la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, modelo y fuente de la legitimidad de todas las realezas y poderes terrenos. Luchar por la autoridad legítima es un deber, y hasta un deber grave. Pero es preciso ver en la legitimidad de los detentores de la autoridad no sólo un bien excelente en sí, sino un medio para alcanzar un bien mucho mayor, o sea la legitimidad de todo el orden social, de todas las instituciones y ambientes humanos, lo que se da con la disposición de todas las cosas según la doctrina de la Iglesia.

B. Cultura y civilización católicas
El ideal de la Contra-Revolución es, pues, restaurar y promover la cultura y la civilización católicas. Esta temática no estaría suficientemente enunciada, si no contuviese una definición de lo que entendemos por “cultura católica” y “civilización católica”. Sabemos que los términos “civilización” y “cultura” son usados en muchos sentidos diversos. Claro está que aquí no pretendemos tomar posición en una cuestión de terminología. Y que nos limitamos a usar esos vocablos como rótulos de precisión relativa para mencionar ciertas realidades, más preocupados en dar la verdadera idea de esas realidades, que en discutir sobre los términos.

Un alma en estado de gracia está en posesión, en grado mayor o menor, de todas las virtudes. Iluminada por la fe, dispone de los elementos para formar la única visión verdadera del universo.
El elemento fundamental de la cultura católica es la visión del universo elaborada según la doctrina de la Iglesia. Esa cultura comprende no sólo la instrucción, es decir, la posesión de los datos informativos necesarios para tal elaboración, sino también un análisis y una coordinación de esos datos conforme a la doctrina católica. Ella no se ciñe al campo teológico, o filosófico, o científico, sino que abarca todo el saber humano, se refleja en el arte e implica la afirmación de valores que impregnan todos los aspectos de la existencia.

Civilización católica es la estructuración de todas las relaciones humanas, de todas las instituciones humanas y del propio Estado, según la doctrina de la Iglesia.

C. Carácter sacral de la civilización católica
Está implícito que tal orden de cosas es fundamentalmente sacral, y que comporta el reconocimiento de todos los poderes de la Santa Iglesia y particularmente del Sumo Pontífice: poder directo sobre las cosas espirituales, poder indirecto sobre las cosas temporales, en cuanto conciernen a la salvación de las almas.

Realmente, el fin de la sociedad y del Estado es la vida virtuosa en común. Ahora bien, las virtudes que el hombre está llamado a practicar son las virtudes cristianas, y de éstas la primera es el amor a Dios. La sociedad y el Estado tienen, pues, un fin sacral [4].

Por cierto, es a la Iglesia a quien pertenecen los medios propios para promover la salvación de las almas. Pero la sociedad y el Estado tienen medios instrumentales para el mismo fin, es decir medios que, movidos por un agente más alto, producen un efecto superior a sí mismos.

D. Cultura y civilización por excelencia
De todos estos datos es fácil inferir que la cultura y la civilización católicas son la cultura por excelencia y la civilización por excelencia. Es preciso añadir que ellas no pueden existir sino en pueblos católicos. Realmente, si bien el hombre puede conocer los principios de la Ley Natural por su propia razón, un pueblo no puede, sin el Magisterio de la Iglesia, mantenerse durablemente en el conocimiento de todos ellos
[5]. Y, por este motivo, un pueblo que no profese la verdadera Religión no puede practicar durablemente todos los Mandamientos [6]. En estas condiciones, y como sin el conocimiento y la observancia de la Ley de Dios no puede haber orden cristiano, la civilización y la cultura por excelencia sólo son posibles en el gremio de la Santa Iglesia. En efecto, de acuerdo con lo que dijo San Pío X, la civilización “es tanto más verdadera, más durable, más fecunda en frutos preciosos cuanto más puramente cristiana; tanto más decadente, para gran desgracia de la sociedad, cuanto más se sustrae al ideal cristiano. Por eso, por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convierte también de hecho en la guardiana y protectora de la civilización cristiana” [7].

E. La ilegitimidad por excelencia
Si en esto consisten el orden y la legitimidad, fácilmente se ve en qué consiste la Revolución. Pues es lo contrario de ese orden. Es el desorden y la ilegitimidad por excelencia.

3. LA REVOLUCIÓN, EL ORGULLO Y LA SENSUALIDAD
—LOS VALORES METAFÍSICOS DE LA REVOLUCIÓN

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene aclarar el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida [8].

A. Orgullo e igualitarismo
La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

En todo esto hay un verdadero odio a Dios [9].

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, tan sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a la lucha por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal —y el orgulloso también— puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

* a. Igualdad entre hombres y Dios: de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de tener certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

* b. Igualdad en la esfera eclesiástica: supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

* c. Igualdad entre las diversas religiones: todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual. El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

* d. Igualdad en la esfera política: supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa, que manda y a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica [10].

* e. Igualdad en la estructura de la sociedad: supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituida por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

* f. Abolición de los cuerpos intermedios entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuida que ya prenuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

* g. Igualdad económica: nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

* h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia: la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

* i. Igualdad de almas: la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava [11].

* j. Igualdad en todo el trato social: como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

* k. Igualdad en el orden internacional: el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado [12].

* l. Igualdad entre las diversas partes del país: por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias hoy existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

* m. Igualitarismo y odio a Dios: Santo Tomás enseña [13] que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Ángeles como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio [14], la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de los posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

* n. Los límites de la desigualdad: claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión. Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo [15].

B. Sensualidad y liberalismo
A la par del orgullo generador de todo igualitarismo, la sensualidad, en el más amplio sentido del término, es la causante del liberalismo.

Es en estas tristes profundidades donde se encuentra la conjunción entre esos dos principios metafísicos de la Revolución, la igualdad y la libertad, contradictorios bajo tantos puntos de vista.

* a. La jerarquía en el alma: Dios, que imprimió un cuño jerárquico en toda la creación, visible e invisible, lo hizo también en el alma humana. La inteligencia debe guiar la voluntad, y ésta debe gobernar la sensibilidad. Como consecuencia del pecado original, existe en el hombre una constante fricción entre los apetitos sensibles y la voluntad guiada por la razón: “Veo en mis miembros otra ley, que combate contra la ley de mi razón” [16]. Pero la voluntad, reina reducida a gobernar súbditos puestos en continuas tentativas de rebelión, tiene medios para vencer siempre... mientras no resista a la gracia de Dios [17].

* b. El igualitarismo en el alma: el proceso revolucionario, que tiene como objetivo la nivelación general —pero que tantas veces no ha sido sino la usurpación de la función rectora por parte de quien debería obedecer— una vez traspuesto a las relaciones entre las potencias del alma, habría de producir la lamentable tiranía de todas las pasiones desenfrenadas, sobre una voluntad débil y quebrada y una inteligencia obnubilada. Especialmente el dominio de una sensualidad abrasada sobre todos los sentimientos de recato y de pudor.

Cuando la Revolución proclama la libertad absoluta como un principio metafísico, lo hace únicamente para justificar el libre curso de las peores pasiones y de los errores más funestos.

* c. Igualitarismo y liberalismo: la inversión de que hablamos, es decir, el derecho a pensar, sentir y hacer todo cuanto las pasiones desenfrenadas exigen, es la esencia del liberalismo. Esto se muestra bien en las formas más exacerbadas de la doctrina liberal. Analizándolas, se percibe que al liberalismo poco le importa la libertad para el bien. Sólo le interesa la libertad para el mal. Cuando está en el poder, fácilmente, y hasta alegremente, le cohíbe al bien la libertad, en toda la medida de lo posible. Pero protege, favorece, prestigia, de muchas maneras, la libertad para el mal. En lo cual se muestra opuesto a la civilización católica, que da al bien todo el apoyo y toda la libertad, y cercena al mal tanto cuanto sea posible.

Ahora bien, esa libertad para el mal es precisamente la libertad para el hombre en cuanto interiormente “revolucionario”, es decir, en cuanto consiente en la tiranía de las pasiones sobre su inteligencia y su voluntad.

Y así, el liberalismo es fruto del mismo árbol que el igualitarismo.

Por lo demás, el orgullo, en cuanto genera el odio a cualquier autoridad [18], induce a una actitud nítidamente liberal. Y a este título debe ser considerado un factor activo del liberalismo. Sin embargo, cuando la Revolución se dio cuenta de que, si se dejara libres a los hombres, desiguales por sus aptitudes y su aplicación, la libertad engendraría la desigualdad, deliberó, por odio a ésta, sacrificar aquélla. De ahí nació su fase socialista. Esta fase no constituye sino una etapa. La Revolución espera, en su término final, realizar un estado de cosas en que la completa libertad coexista con la plena igualdad.

Así, históricamente, el movimiento socialista es un mero requinte del movimiento liberal. Lo que lleva a un liberal auténtico a aceptar el socialismo es precisamente que, en éste, se prohíben tiránicamente mil cosas buenas, o por lo menos inocentes, pero se favorece la satisfacción metódica, y a veces con aspectos de austeridad, de las peores y más violentas pasiones, como la envidia, la pereza, la lujuria. Y por otro lado, el liberal entrevé que la ampliación de la autoridad en el régimen socialista no pasa, dentro de la lógica del sistema, de ser un medio para llegar a la tan ansiada anarquía final.

Los entrechoques de ciertos liberales ingenuos o retardados con los socialistas, son, pues, meros episodios superficiales en el proceso revolucionario, inocuos quid pro quo que no perturban la lógica profunda de la Revolución, ni su marcha inexorable en un sentido que, bien vistas las cosas, es al mismo tiempo socialista y liberal.

* d. La generación del “rock and roll”: el proceso revolucionario en las almas, así descrito, produjo en las generaciones más recientes, y especialmente en los adolescentes actuales que se hipnotizan con el rock and roll, una forma de espíritu que se caracteriza por la espontaneidad de las reacciones primarias, sin el control de la inteligencia ni la participación efectiva de la voluntad; por el predominio de la fantasía y de las impresiones sobre el análisis metódico de la realidad; fruto, todo, en gran medida, de una pedagogía que reduce a casi nada el papel de la lógica y de la verdadera formación de la voluntad.

* e. Igualitarismo, liberalismo y anarquismo: conforme a los ítems anteriores (“a” a “d”), si la efervescencia de las pasiones desordenadas despierta por un lado el odio a cualquier freno y a cualquier ley, por otro lado provoca el odio contra cualquier desigualdad. Tal efervescencia conduce así a la concepción utópica del “anarquismo” marxista, según la cual una humanidad evolucionada, que viviera en una sociedad sin clases ni gobierno, podría gozar del orden perfecto y de la más entera libertad, sin que de ésta se originase desigualdad alguna. Como se ve, es el ideal simultáneamente más liberal y más igualitario que se pueda imaginar.

En efecto, la utopía anárquica del marxismo consiste en un estado de cosas en el cual la personalidad humana habría alcanzado un alto grado de progreso, de tal manera que le sería posible desarrollarse libremente en una sociedad sin Estado ni gobierno.

En esa sociedad —que, a pesar de no tener gobierno, viviría en pleno orden— la producción económica estaría organizada y muy desarrollada, y la distinción entre trabajo intelectual y manual estaría superada. Un proceso selectivo aún no determinado llevaría a la dirección de la economía a los más capaces, sin que de ahí se derivase la formación de clases.

Estos serían los únicos e insignificantes residuos de desigualdad. Pero, como esa sociedad comunista anárquica no es el término final de la Historia, parece legítimo suponer que tales residuos serían abolidos en una ulterior evolución.

[1] Encíclica Inmortale Dei, 1-XI-1885, Bonne Presse, París, vol. II, p. 39.

[2] Radiomensaje del 28-XII-1958, a la población de Messina, en el 50 aniversario del terremoto que destruyó esa ciudad, in “L’Osservatore Romano”, edición semanal en lengua francesa, 23-I-1959.

[3] Bonne Presse, París, vol. III, pp. 112-122.

[4] Cfr. SANTO TOMÁS DE AQUINO, De regimine Principum, I, 14-15.

[5] Cfr. Concilio Vaticano I, ses. III, cap. 2 , D. 1786.

[6] Cfr. Concilio de Trento, ses. VI, cap. 2, D. 812.

[7] Encíclica Il Fermo Proposito, 11-VI-1905, Bonne Presse, París, vol. II, p. 92.

[8] Cfr. I Jn. 2, 16.

[9] Cfr. § “m”, infra.

[10] Cfr. SAN PÍO X, Carta Apostólica Notre Charge Apostolique, 25-VIII-1910, A.A.S. vol. II. pp. 615-619.

[11] Cfr. PÍO XII, Radiomensaje de Navidad de 1944, Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239.

[12] Cfr. Parte I, cap. XI, § 3.

[13] Cfr. Suma Contra Gentiles, II, 45; Suma Teológica, I, q. 47, a. 2.

[14] Cfr. Suma Teológica, I, q. 50, a.4; id. I, q. 96, a. 3-4.

[15] Cfr. PÍO XII, Radiomensaje de Navidad de 1944, Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239.

[16] Rom. 7, 23.

[17] Cfr. Rom. 7, 25.

[18] Cfr. ítem A, supra.

Parte I - Capítulo VIII

La inteligencia, la voluntad y la sensibilidad,
en la determinación de los actos humanos


Las anteriores consideraciones piden un desarrollo con respecto al papel de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad, en las relaciones entre error y pasión.

Podría parecer, en efecto, que afirmamos que todo error es concebido por la inteligencia para justificar alguna pasión desordenada. Así, el moralista que afirmase una máxima liberal sería siempre movido por una tendencia liberal.

No es lo que pensamos. Puede suceder que únicamente por debilidad de la inteligencia afectada por el pecado original, el moralista llegue a una conclusión liberal.

En tal caso, ¿habrá habido necesariamente alguna falta moral de otra naturaleza, el descuido, por ejemplo? Es una cuestión ajena a nuestro estudio.

Afirmamos, eso sí, que históricamente, esta Revolución tuvo su primer origen en una violentísima fermentación de pasiones. Y estamos lejos de negar el gran papel de los errores doctrinarios en ese proceso.

Muchos han sido los estudios de autores de gran valía, como De Maistre, De Bonald, Donoso Cortés y tantos otros, sobre tales errores y el modo por el cual fueron derivando unos de los otros, del siglo XV al siglo XVI, y así hasta el siglo XX. No es, pues, nuestra intención insistir aquí sobre el asunto.

Nos parece, sin embargo, particularmente oportuno enfocar la importancia de los factores “pasionales” y la influencia de éstos en los aspectos estrictamente ideológicos del proceso revolucionario en que nos encontramos. Pues, a nuestro modo de ver, las atenciones están poco dirigidas hacia este punto, lo que trae una visión incompleta de la Revolución, y acarrea en consecuencia la adopción de métodos contra-revolucionarios inadecuados.

Sobre el modo por el cual las pasiones pueden influir en las ideas, hay algo que añadir aquí.

1. LA NATURALEZA CAÍDA, LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO

El hombre, por la simple fuerza de su naturaleza, puede conocer muchas verdades y practicar varias virtudes. No obstante, no le es posible, sin el auxilio de la gracia, permanecer durablemente en el conocimiento y en la práctica de todos los Mandamientos [1].

Esto quiere decir que en todo hombre caído existe siempre la debilidad de la inteligencia y una tendencia primera y anterior a cualquier raciocinio, que lo incita a rebelarse contra la Ley (Donoso Cortés, en el Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo [2], hace un importante desarrollo de esa verdad, el cual se relaciona mucho con el presente trabajo).

2. EL GERMEN DE LA REVOLUCIÓN

Tal tendencia fundamental a la rebelión puede, en un momento dado, tener el consentimiento del libre albedrío. El hombre caído peca, así, violando uno u otro Mandamiento. Pero su rebelión puede ir más allá, y llegar hasta el odio, más o menos inconfesado, al propio orden moral en su conjunto. Ese odio, revolucionario por esencia, puede generar errores doctrinarios, y hasta llevar a la profesión consciente y explícita de principios contrarios a la Ley Moral y a la doctrina revelada, en cuanto tales, lo que constituye un pecado contra el Espíritu Santo. Cuando ese odio comenzó a dirigir las tendencias más profundas de la Historia de Occidente, tuvo inicio la Revolución cuyo proceso aún hoy se desarrolla y en cuyos errores doctrinarios aquél imprimió vigorosamente su marca. Este odio es la causa más activa de la gran apostasía de nuestros días. Por su naturaleza, es algo que no puede ser reducido simplemente a un sistema doctrinario: es la pasión desordenada, en altísimo grado de exacerbación.

Como es fácil ver, tal afirmación, relativa a esta Revolución en concreto, no implica decir que haya siempre una pasión desordenada en la raíz de todo error.

Y tampoco implica negar que muchas veces fue un error lo que desencadenó en esta o en aquella alma, o incluso en este o en aquel grupo social, el desarreglo de las pasiones.

Afirmamos tan sólo que el proceso revolucionario, considerado en su conjunto, y también en sus principales episodios, tuvo por germen más activo y profundo el desarreglo de las pasiones.

3. REVOLUCIÓN Y MALA FE

Se podría tal vez oponer la siguiente objeción: si tal es la importancia de las pasiones en el proceso revolucionario, parece que su víctima está siempre, por lo menos en alguna medida, de mala fe. Por ejemplo, si el protestantismo es hijo de la Revolución, ¿está de mala fe todo protestante? ¿No se contradice esto con la doctrina de la Iglesia que admite que haya, en otras religiones, almas de buena fe?

Es obvio que una persona de entera buena fe, y dotada de un espíritu fundamentalmente contra-revolucionario, puede estar presa en las redes de los sofismas revolucionarios (sean de índole religiosa, filosófica, política u otra cualquiera) por una ignorancia invencible. En personas así no hay culpa alguna.

Mutatis mutandis, se puede decir lo mismo respecto a las que tienen la doctrina de la Revolución en uno u otro punto circunscrito, por un lapso involuntario de la inteligencia.

Pero si alguien participa del espíritu de la Revolución movido por las pasiones desordenadas inherentes a ella, la respuesta ha de ser otra.

Un revolucionario puede, en estas condiciones, estar persuadido de las excelencias de sus máximas subversivas. No será por tanto insincero. Pero tendrá culpa por el error en que cayó.

Y puede también suceder que el revolucionario profese una doctrina de la cual no esté persuadido, o de la cual tenga una convicción incompleta.

En este caso, será parcial o totalmente insincero...

A este propósito, nos parece que casi no sería necesario acentuar que, cuando afirmamos que las doctrinas de Marx estaban implícitas en las negaciones de las Pseudo-Reforma y de la Revolución Francesa, no queremos decir que los adeptos de aquellos dos movimientos eran, conscientemente, marxistas avant la lettre, y que ocultaban hipócritamente sus opiniones.

Lo propio de la virtud cristiana es la recta disposición de las potencias del alma y, por tanto, el incremento de la lucidez de la inteligencia iluminada por la gracia y guiada por el Magisterio de la Iglesia. No es por otra razón que todo santo es un modelo de equilibrio y de imparcialidad. La objetividad de sus juicios y la firme orientación de su voluntad para el bien no son debilitadas, ni siquiera levemente, por el hálito venenoso de las pasiones desordenadas.

Por el contrario, a medida que el hombre decae en la virtud y se entrega al yugo de esas pasiones, va menguando en él la objetividad en todo cuanto se relacione con las mismas. De modo particular, esa objetividad resulta perturbada en los juicios que el hombre formule sobre sí mismo.

Hasta qué punto un revolucionario “de marcha lenta” del siglo XVI o del siglo XVII, obnubilado por el espíritu de la Revolución, se daba cuenta del sentido profundo y de las últimas consecuencias de su doctrina, es en cada caso concreto el secreto de Dios.

De cualquier forma, la hipótesis de que todos ellos fuesen marxistas conscientes se debe excluir enteramente.

[1] Cfr. Parte I, cap. VII, 2, § D.

[2] JUAN DONOSO CORTÉS, Obras completas, B.A.C., Madrid, 1946, tomo II, p. 377.

Parte I - Capítulo IX

También es hijo de la Revolución el
“semi-contra-revolucionario”


Todo lo que aquí se dijo fundamenta una observación de importancia práctica.

Ciertos espíritus marcados por esa Revolución interior podrán tal vez, por algún juego de circunstancias y de coincidencias, como una educación en un medio fuertemente tradicionalista y moralizado, conservar en uno o en muchos puntos una actitud contra-revolucionaria [1].

Sin embargo, en la mentalidad de estos “semi-contra-revolucionarios” se habrá entronizado el espíritu de la Revolución. Y en un pueblo donde la mayoría esté en tal estado de alma, la Revolución será incoercible mientras éste no cambie.

Así, la unidad de la Revolución trae, como contrapartida, que el contra-revolucionario auténtico sólo podrá serlo totalmente.

En cuanto a los “semi-contra-revolucionarios” en cuya alma comienza a vacilar el ídolo de la Revolución, la situación es un tanto diversa. Tratamos del asunto en la Parte II, cap. XII, § 10.

[1] Cfr. Parte I, cap. VI, 5, A.

Parte I - Capítulo X

La cultura, el arte y los ambientes
en la Revolución


Así descritas la complejidad y la amplitud que el proceso revolucionario tiene en las zonas más profundas de las almas, y por tanto de la mentalidad de los pueblos, es más fácil señalar toda la importancia de la cultura, de las artes y de los ambientes en la marcha de la Revolución.

1. LA CULTURA

Las ideas revolucionarias proporcionan a las tendencias de las que nacieron el medio de afirmarse con fueros de ciudadanía, a los ojos del propio individuo y de terceros. Ellas sirven al revolucionario para debilitar, en estos últimos, las convicciones verdaderas, y así desencadenar o agravar la rebelión de las pasiones. Son inspiración y molde para las instituciones generadas por la Revolución. Esas ideas pueden encontrarse en las más variadas ramas del saber o de la cultura, pues es difícil que alguna de ellas no esté implicada, por lo menos indirectamente, en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución.

2. LAS ARTES

En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influir a fondo en las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revolucionarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas.

3. LOS AMBIENTES

En cuanto a los ambientes, en la medida en que favorecen costumbres buenas o malas, pueden oponer a la Revolución las admirables barreras de reacción, o por lo menos de inercia, de todo cuanto es sanamente consuetudinario; o pueden comunicar a las almas las toxinas y las energías tremendas del espíritu revolucionario.

4. PAPEL HISTÓRICO DE LAS ARTES Y DE LOS AMBIENTES EN EL PROCESO REVOLUCIONARIO

Por esto, en concreto, es necesario reconocer que la democratización general de las costumbres y de los estilos de vida, llevada a los extremos de una vulgaridad sistemática y creciente, y la acción proletarizante de cierto arte moderno, contribuyeron al triunfo del igualitarismo tanto o más que la implantación de ciertas leyes, o de ciertas instituciones esencialmente políticas.

Como también es preciso reconocer que quien, por ejemplo, consiguiese hacer cesar el cine o la televisión inmorales o agnósticos, habría hecho por la Contra-Revolución mucho más que si provocase la caída de un gabinete izquierdista, en la rutina de un régimen parlamentario.

Parte I - Capítulo XI

La Revolución, el pecado y la Redención
— La utopía revolucionaria


Entre los múltiples aspectos de la Revolución, es importante resaltar que ella induce a sus hijos a subestimar o negar las nociones del bien y del mal, del pecado original y de la Redención.

1. LA REVOLUCIÓN NIEGA EL PECADO Y LA REDENCIÓN

La Revolución es, como vimos, hija del pecado. Pero si lo reconociese, se desenmascararía y se volvería contra su propia causa.

Así se explica por qué la Revolución tiende, no sólo a silenciar la raíz de pecado de la cual brotó, sino también a negar la propia noción de pecado. Negación radical que incluye tanto la culpa original cuanto la actual, y se efectúa principalmente:

* Por sistemas filosóficos o jurídicos que niegan la validez y la existencia de cualquier ley moral o dan a ésta los fundamentos vanos y ridículos del laicismo.

* Por los mil procesos de propaganda que crean en las multitudes un estado de alma en el cual, sin afirmar directamente que la moral no existe, se hace abstracción de ella, y toda la veneración debida a la virtud es tributada a ídolos como el oro, el trabajo, la eficiencia, el éxito, la seguridad, la salud, la belleza física, la fuerza muscular, el gozo de los sentidos, etc.

Es la propia noción de pecado, la misma distinción entre el bien y el mal, lo que la Revolución va destruyendo en el hombre contemporáneo. E, ipso facto, va negando la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, que sin el pecado, se vuelve incomprensible y pierde toda relación lógica con la Historia y la vida.

2. EJEMPLIFICACIÓN HISTÓRICA: NEGACIÓN DEL PECADO EN EL LIBERALISMO Y EN EL SOCIALISMO

En cada una de sus etapas, la Revolución ha procurado subestimar o negar radicalmente el pecado.

A. La concepción inmaculada del individuo
En la fase liberal e individualista, ella enseñó que el hombre está dotado de una razón infalible, de una voluntad fuerte y de pasiones sin desarreglo. De ahí una concepción del orden humano, en la cual el individuo, reputado un ente perfecto, era todo, y el Estado nada, o casi nada, un mal necesario... provisionalmente necesario, tal vez. Fue el período en que se pensaba que la causa única de todos los errores y crímenes era la ignorancia. Abrir escuelas era cerrar prisiones. El dogma básico de estas ilusiones fue la concepción inmaculada del individuo.

La gran arma del liberal, para defenderse contra las posibles prepotencias del Estado, y para impedir la formación de camarillas que le quitasen la dirección de la cosa pública, eran las libertades políticas y el sufragio universal.

B. La concepción inmaculada de las masas y del Estado
Ya en el siglo XIX el desacierto de esta concepción se volvió patente, por lo menos en parte. Pero la Revolución no retrocedió. En vez de reconocer su error, lo sustituyó por otro. Fue la concepción inmaculada de las masas y del Estado. Los individuos son propensos al egoísmo y pueden errar. Pero las masas aciertan siempre y jamás se dejan llevar por las pasiones. Su impecable medio de acción es el Estado. Su infalible medio de expresión es el sufragio universal, del cual emanan los parlamentos impregnados de pensamiento socialista, o la voluntad fuerte de un dictador carismático, que guía siempre a las masas hacia la realización de la voluntad de éstas.

3. LA REDENCIÓN POR LA CIENCIA Y POR LA TÉCNICA: LA UTOPÍA REVOLUCIONARIA

De cualquier manera, depositando toda su confianza en el individuo considerado aisladamente, en las masas, o en el Estado, es en el hombre en quien la Revolución confía. Autosuficiente por la ciencia y por la técnica, él puede resolver todos sus problemas, eliminar el dolor, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, en fin, todo aquello que llamamos efecto del pecado original o actual.

Un mundo en cuyo seno las patrias unificadas en una República Universal no sean sino denominaciones geográficas, un mundo sin desigualdades sociales ni económicas, dirigido por la ciencia y por la técnica, por la propaganda y por la psicología, para realizar, sin lo sobrenatural, la felicidad definitiva del hombre: he aquí la utopía hacia la cual la Revolución nos va encaminando.

En ese mundo, la Redención de Nuestro Señor Jesucristo nada tiene que hacer. Pues el hombre habrá superado el mal por la ciencia y habrá transformado la tierra en un “cielo” técnicamente delicioso. Y por la prolongación indefinida de la vida esperará vencer un día a la muerte.

Parte I - Capítulo XII

Carácter pacifista y antimilitarista
de la Revolución


Lo expuesto en el capítulo anterior nos hace comprender fácilmente el carácter pacifista, y por tanto antimilitarista, de la Revolución.

1. LA CIENCIA ABOLIRÁ LAS GUERRAS, LAS FUERZAS ARMADAS Y LA POLICÍA

En el paraíso técnico de la Revolución, la paz tiene que ser perpetua. Pues la ciencia demuestra que la guerra es un mal. Y la técnica consigue evitar todas las causas de las guerras.

De ahí una incompatibilidad fundamental entre la Revolución y las Fuerzas Armadas, las cuales deberán ser enteramente abolidas. En la República Universal habrá solamente una policía, mientras los progresos de la ciencia y de la técnica no acabaren de eliminar el crimen.

2. INCOMPATIBILIDAD DOCTRINARIA ENTRE LA REVOLUCIÓN Y EL UNIFORME

El uniforme, por su simple presencia, afirma implícitamente algunas verdades, un tanto genéricas, sin duda, pero de índole ciertamente contra-revolucionaria:

* La existencia de valores que importan más que la vida y por los cuales se debe morir, lo que es contrario a la mentalidad socialista, toda hecha de horror al riesgo y al dolor, de adoración de la seguridad y de supremo apego a la vida terrena.

* La existencia de una moral, pues la condición militar está totalmente fundada sobre ideas de honor, de fuerza puesta al servicio del bien y dirigida contra el mal, etc.

3. EL “TEMPERAMENTO” DE LA REVOLUCIÓN ES CONTRARIO A LA VIDA MILITAR

Por fin, entre la Revolución y el espíritu militar hay una antipatía “temperamental”. La Revolución, mientras no tiene todas las riendas en la mano, es locuaz, enredadora, declamatoria. Resolver las cosas directa, drástica y secamente, more militari, desagrada a lo que podríamos llamar el actual temperamento de la Revolución. “Actual”, recalcamos, para aludir a ésta en la etapa en que se encuentra entre nosotros. Pues nada más despótico y cruel que la Revolución cuando es omnipotente: Rusia da de esto un elocuente ejemplo. Pero aun ahí la divergencia subsiste, puesto que el espíritu militar es algo bien diferente del espíritu del verdugo.

* * *

Analizada así en sus varios aspectos la utopía revolucionaria, damos por concluido el estudio de la Revolución.
PARTE II
LA CONTRA-REVOLUCIÓN

Parte II - Capítulo I

Contra-Revolución y reacción


1. LA CONTRA-REVOLUCIÓN, LUCHA ESPECÍFICA Y DIRECTA CONTRA LA REVOLUCIÓN

Si tal es la Revolución, la Contra-Revolución es, en el sentido literal de la palabra, despojado de las conexiones ilegítimas y más o menos demagógicas que a ella se juntaron en el lenguaje corriente, una “re-acción”. Es decir, una acción que es dirigida contra otra acción. Ella es frente a la Revolución lo que, por ejemplo, la Contra-Reforma fue frente a la Pseudo-Reforma.

2. NOBLEZA DE ESA REACCIÓN

Y de este carácter de reacción le viene a la Contra-Revolución su nobleza y su importancia. En efecto, si es la Revolución lo que nos va matando, nada es más indispensable que una reacción que tenga en vista aplastarla. Ser opuesto, en principio, a una reacción contra-revolucionaria, es lo mismo que querer entregar el mundo al dominio de la Revolución.

3. REACCIÓN DIRIGIDA TAMBIÉN CONTRA LOS ADVERSARIOS DE HOY

Conviene añadir que la Contra-Revolución, así vista, no es ni puede ser un movimiento en las nubes, que combata fantasmas. Ella tiene que ser la Contra-Revolución del siglo XX, hecha contra la Revolución como hoy en concreto ésta existe y, por lo tanto, contra las pasiones revolucionarias como hoy crepitan, contra las ideas revolucionarias como hoy se formulan, los ambientes revolucionarios como hoy se presentan, el arte y la cultura revolucionarios como hoy son, las corrientes y los hombres que, en cualquier nivel, son actualmente los fautores más activos de la Revolución. La Contra-Revolución no es, pues, una mera retrospección de los maleficios de la Revolución en el pasado, sino un esfuerzo para cortarle el camino en el presente.

4. MODERNIDAD E INTEGRIDAD DE LA CONTRA-REVOLUCIÓN
La modernidad de la Contra-Revolución no consiste en cerrar los ojos ni en pactar, aunque sea en proporciones insignificantes, con la Revolución. Por el contrario, consiste en conocerla en su esencia invariable y en sus tan relevantes accidentes contemporáneos, combatiéndola en éstos y en aquélla, inteligentemente, sagazmente, planeadamente, con todos los medios lícitos, y utilizando el concurso de todos los hijos de la luz.

Parte II - Capítulo II

Reacción e inmovilismo histórico


1. QUÉ RESTAURAR

Si la Revolución es el desorden, la Contra-Revolución es la restauración del Orden. Y por Orden entendemos la paz de Cristo en el Reino de Cristo. O sea la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sacral, antiigualitaria y antiliberal.

2. QUÉ INNOVAR

Sin embargo, por fuerza de la ley histórica según la cual el inmovilismo no existe en las cosas terrenas, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá tener características propias que lo distingan del Orden existente antes de la Revolución. Claro está que esta afirmación no se refiere a los principios, sino a los accidentes. Accidentes, empero, de tal importancia que merecen ser mencionados.

En la imposibilidad de extendernos sobre este asunto, digamos simplemente que, en general, cuando en un organismo se produce una fractura o dilaceración, la zona de soldadura o recomposición presenta dispositivos de protección especiales. Es, por las causas segundas, el desvelo amoroso de la Providencia contra la eventualidad de un nuevo desastre. Se observa esto con los huesos fracturados, cuya soldadura constituye un refuerzo en la propia zona de la fractura, o con los tejidos cicatrizados. Esta es una imagen material de un hecho análogo que sucede en el orden espiritual. El pecador que verdaderamente se enmienda tiene, por regla general, mayor horror al pecado del que tuvo en los mejores años anteriores a la caída. Es la historia de los Santos penitentes. Así también, después de cada prueba, la Iglesia emerge particularmente armada contra el mal que procuró postrarla. Ejemplo típico de esto es la Contra-Reforma.

En virtud de esa ley, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá refulgir, más aún que el de la Edad Media, en los tres puntos capitales en que éste fue vulnerado por la Revolución:

* Un profundo respeto de los derechos de la Iglesia y del Papado y una sacralización, en toda la extensión de lo posible, de los valores de la vida temporal, todo ello por oposición al laicismo, al interconfesionalismo, al ateísmo y al panteísmo, así como a sus respectivas secuelas.

* Un espíritu de jerarquía marcando todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida, por oposición a la metafísica igualitaria de la Revolución.

* Una gran diligencia en detectar y en combatir el mal en sus formas embrionarias o veladas, en fulminarlo con execración y nota de infamia, en reprimirlo con inquebrantable firmeza en todas sus manifestaciones, particularmente en las que atenten contra la ortodoxia y la pureza de las costumbres, todo ello por oposición a la metafísica liberal de la Revolución y a la tendencia de ésta a dar libre curso y protección al mal.

Parte II - Capítulo III

La Contra-Revolución
y el prurito de novedades


La tendencia de tantos de nuestros contemporáneos, hijos de la Revolución, a amar sin restricciones el presente, adorar el futuro y condenar incondicionalmente el pasado al desprecio y al odio, suscita respecto a la Contra-Revolución un conjunto de incomprensiones que importa hacer cesar. Sobre todo, muchas personas se figuran que el carácter tradicionalista y conservador de esta última hace de ella una adversaria nata del progreso humano.

1. LA CONTRA-REVOLUCIÓN ES TRADICIONALISTA

A. Razón
La Contra-Revolución, como vimos, es un esfuerzo que se desarrolla en función de una Revolución. Ésta se vuelve constantemente contra todo un legado de instituciones, de doctrinas, de costumbres, de modos de ver, sentir y pensar cristianos que recibimos de nuestros mayores, que aún no están completamente abolidos. La Contra-Revolución es, pues, la defensora de las tradiciones cristianas.

B. La mecha que aún humea
La Revolución ataca la civilización cristiana más o menos como cierto árbol de la selva brasileña, la higuera brava (urostigma olearia), que, creciendo en el tronco de otro árbol, lo envuelve completamente y lo mata. En sus corrientes “moderadas” y de velocidad lenta, la Revolución se acercó a la civilización cristiana para envolverla del todo y matarla. Estamos en un período en el que ese extraño fenómeno de destrucción aún no se completó, es decir, en una situación híbrida en que aquello a lo que casi llamaríamos restos mortales de la civilización cristiana, sumado al perfume y a la acción remota de muchas tradiciones —sólo recientemente abolidas, pero que todavía tienen algo de vivo en la memoria de los hombres— coexiste con muchas instituciones y costumbres revolucionarias.

Frente a esa lucha entre una espléndida tradición cristiana en la cual aún palpita la vida, y una acción revolucionaria inspirada por la manía de novedades a la que se refería León XIII en las palabras iniciales de la Encíclica Rerum Novarum, es natural que el verdadero contra-revolucionario sea el defensor nato del tesoro de las buenas tradiciones, porque ellas son los valores del pasado cristiano todavía existentes y que se trata exactamente de salvar. En ese sentido, el contra-revolucionario actúa como Nuestro Señor, que no vino a apagar la mecha que aún humea, ni a romper el arbusto partido [1]. Él debe, por tanto, procurar salvar amorosamente todas esas tradiciones cristianas. Una acción contra-revolucionaria es, esencialmente, una acción tradicionalista.

C. Falso tradicionalismo
El espíritu tradicionalista de la Contra-Revolución nada tiene en común con un falso y estrecho tradicionalismo que conserva ciertos ritos, estilos o costumbres por mero amor a las formas antiguas y sin aprecio alguno por la doctrina que los engendró. Esto sería arqueologismo, no sano y vivo tradicionalismo.

2. LA CONTRA-REVOLUCIÓN ES CONSERVADORA
¿Es conservadora la Contra-Revolución? En un sentido, sí, y profundamente. Y en otro sentido, no, también profundamente.

Si se trata de conservar del presente, algo que es bueno y merece vivir, la Contra-Revolución es conservadora.

Pero si se trata de perpetuar la situación híbrida en que nos encontramos, de detener el proceso revolucionario en esta etapa, manteniéndonos inmóviles como una estatua de sal, al margen del camino de la Historia y del Tiempo, abrazados a lo que hay de bueno y de malo en nuestro siglo, buscando así una coexistencia perpetua y armónica del bien y del mal, la Contra-Revolución no es ni puede ser conservadora.

3. LA CONTRA-REVOLUCIÓN ES CONDICIÓN ESENCIAL DEL VERDADERO PROGRESO

¿Es progresista la Contra-Revolución? Sí, si el progreso fuere auténtico. Y no, si fuere la marcha hacia la realización de la utopía revolucionaria.

En su aspecto material, el verdadero progreso consiste en el recto aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza, según la Ley de Dios y al servicio del hombre. Por eso, la Contra-Revolución no pacta con el tecnicismo hipertrofiado de hoy, con la adoración de las novedades, de las velocidades y de las máquinas, ni con la deplorable tendencia a organizar more mechanico la sociedad humana. Estos son excesos que Pío XII condenó con profundidad y precisión [2].

Y el progreso material de un pueblo ni siquiera es el elemento capital del progreso cristianamente entendido. Éste consiste, sobre todo, en el pleno desarrollo de todas sus potencialidades de alma y en la ascensión de los hombres rumbo a la perfección moral. Una concepción contra-revolucionaria del progreso implica, pues, la prevalencia de los aspectos espirituales de éste sobre los aspectos materiales. En consecuencia, es propio de la Contra-Revolución promover, entre los individuos y las multitudes, un aprecio mucho mayor por todo cuanto se refiera a la verdadera Religión, a la verdadera filosofía, al verdadero arte y a la verdadera literatura, que por lo que se relaciona con el bien del cuerpo y el aprovechamiento de la materia.

Por fin, para delimitar la diferencia entre los conceptos revolucionario y contra-revolucionario del progreso, conviene notar que el último toma en consideración que este mundo será siempre un valle de lágrimas y un tránsito hacia el Cielo, mientras que para el primero el progreso debe hacer de la tierra un paraíso en el cual el hombre viva feliz, sin pensar en la eternidad.

Por la propia noción de recto progreso, se ve que éste es lo contrario al proceso de la Revolución.
Así, la Contra-Revolución es condición esencial para que sea preservado el desarrollo normal del verdadero progreso y derrotada la utopía revolucionaria, que de progreso sólo tiene apariencias falaces.

[1] Cfr. Mt 12, 20.

[2] Cfr. Radiomensaje de Navidad de 1957, Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIX, p. 670

Parte II - Capítulo IV

¿Qué es un contra-revolucionario?


Se puede responder a la pregunta del título de dos maneras:

1. EN ESTADO ACTUAL

En estado actual, contra-revolucionario es quien:

* Conoce la Revolución, el Orden y la Contra-Revolución en su espíritu, sus doctrinas y sus métodos respectivos.

* Ama la Contra-Revolución y el Orden cristiano, odia la Revolución y el “anti-orden”.

* Hace de ese amor y de ese odio el eje en torno del cual gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades.

Claro está que esa actitud de alma no exige instrucción superior. Así como Santa Juana de Arco no era teólogo pero sorprendió a sus jueces por la profundidad teológica de sus pensamientos, así los mejores soldados de la Contra-Revolución, animados por una admirable comprensión de su espíritu y de sus objetivos, han sido muchas veces simples campesinos, de Navarra, por ejemplo, de la Vendée o del Tirol.

2. EN ESTADO POTENCIAL
En estado potencial, contra-revolucionarios son quienes tienen una u otra de las opiniones y de los modos de sentir de los revolucionarios, por inadvertencia o por cualquier otra razón ocasional, sin que el propio fondo de su personalidad esté afectado por el espíritu de la Revolución. Alertadas, esclarecidas, orientadas, esas personas adoptan fácilmente una posición contra-revolucionaria. Y en esto se distinguen de los “semi-contra-revolucionarios” de que arriba hablamos [1].

[1] Cfr. Parte I, Cap. IX.

Parte II - Capítulo V

La táctica de la Contra-Revolución


La táctica de la Contra-Revolución puede ser considerada en personas, grupos o corrientes de opinión, en función de tres tipos de mentalidad: el contra-revolucionario actual, el contra-revolucionario potencial y el revolucionario.

1. CON RELACIÓN AL CONTRA-REVOLUCIONARIO ACTUAL

El contra-revolucionario actual es menos raro de lo que nos parece a primera vista. Posee una clara visión de las cosas, un amor fundamental a la coherencia y un ánimo fuerte. Por esto tiene una noción lúcida de los desórdenes del mundo contemporáneo y de las catástrofes que se acumulan en el horizonte. Pero su propia lucidez le hace percibir toda la extensión del aislamiento en que tan frecuentemente se encuentra, en un caos que le parece sin solución. Entonces el contra-revolucionario, muchas veces, se calla, abatido. Triste situación: “Vae soli”, dice la Escritura [1].

Una acción contra-revolucionaria debe tener en vista, ante todo, detectar a esos elementos, hacer que se conozcan, que se apoyen los unos a los otros para la profesión pública de sus convicciones. Ella puede realizarse de dos modos diversos:

A. Acción individual
Esta acción debe ser hecha ante todo en escala individual. Nada más eficiente que la toma de posición contra-revolucionaria franca y ufana de un joven universitario, de un oficial, de un profesor, de un sacerdote sobre todo, de un aristócrata o de un obrero influyente en su medio. La primera reacción que obtendrá será a veces de indignación. Pero si perseverare por un tiempo, que será más o menos largo según las circunstancias, verá, poco a poco, que aparecerán compañeros.

B. Acción en conjunto
Esos contactos individuales tienden, naturalmente, a suscitar en los diversos ambientes varios contra-revolucionarios que se unen en una familia de almas cuyas fuerzas se multiplican por el propio hecho de la unión.

2. CON RELACIÓN AL CONTRA-REVOLUCIONARIO POTENCIAL

Los contra-revolucionarios deben presentar la Revolución y la Contra-Revolución en todos sus aspectos: religioso, político, social, económico, cultural, artístico, etc. Pues los contra-revolucionarios potenciales las ven, en general, sólo por alguna faceta particular, y por ésta pueden y deben ser atraídos para la visión total de una y de otra. Un contra-revolucionario que argumentase solamente en un plano, el político, por ejemplo, limitaría mucho su campo de atracción, exponiendo su acción a la esterilidad, y, por tanto, a la decadencia y a la muerte.

3. CON RELACIÓN AL REVOLUCIONARIO

A. La iniciativa contra-revolucionaria
Frente a la Revolución y a la Contra-Revolución no hay neutrales. Puede haber, eso sí, no combatientes, cuya voluntad o cuyas veleidades están, sin embargo, conscientemente o no, en uno de los dos campos. Por revolucionarios entendemos, pues, no sólo a los partidarios integrales y declarados de la Revolución, sino también a los “semi-contra-revolucionarios”.

La Revolución ha progresado, como vimos, a costa de ocultar su dimensión total, su espíritu verdadero, sus fines últimos.

El medio más eficiente de refutarla frente a los revolucionarios consiste en mostrarla por entero, tanto en su espíritu y en las grandes líneas de su acción, como en cada una de sus manifestaciones o maniobras aparentemente inocentes e insignificantes. Arrancarle, así, los velos es asestarle el más duro de los golpes.

Por esta razón, el esfuerzo contra-revolucionario debe entregarse a esta tarea con el mayor empeño.

Secundariamente, claro está, los otros recursos de una buena dialéctica son indispensables para el éxito de una acción contra-revolucionaria.

Con el “semi-contra-revolucionario”, así como también con el revolucionario que tiene “coágulos” contra-revolucionarios, hay ciertas posibilidades de colaboración, y esta colaboración crea un problema especial: ¿hasta qué punto es prudente? A nuestro modo de ver, la lucha contra la Revolución sólo se desarrolla convenientemente vinculando entre sí a personas radical y enteramente exentas del virus de ésta. Que los grupos contra-revolucionarios puedan colaborar con elementos como los arriba mencionados, en algunos objetivos concretos, se concibe fácilmente. Pero admitir una colaboración omnímoda y estable con personas infectadas de cualquier influencia de la Revolución es la más flagrante de las imprudencias y la causa, tal vez, de la mayor parte de los fracasos contra-revolucionarios.

B. La contraofensiva revolucionaria
El revolucionario, por regla general, es petulante, locuaz y exhibicionista, cuando no tiene adversarios ante sí, o los tiene débiles. No obstante, si encuentra quien lo enfrente con ufanía y arrojo, se calla y organiza la campaña del silencio. Un silencio en medio del cual se percibe el discreto zumbar de la calumnia, o algún murmullo contra el “exceso de lógica” del adversario. Pero un silencio confuso y avergonzado que jamás es interrumpido por alguna réplica de valor. Ante ese silencio de confusión y derrota, podríamos decir al contra-revolucionario victorioso las espirituosas palabras escritas por Veuillot en otra ocasión: “Preguntad al silencio, y nada os responderá”
[2].

4. ELITES Y MASAS EN LA TÁCTICA CONTRA-REVOLUCIONARIA

La Contra-Revolución debe procurar, en lo posible, conquistar a las multitudes. Sin embargo, no debe hacer de eso, en el plano inmediato, su objetivo principal, y un contra-revolucionario no tiene razón para desanimarse por el hecho de que la gran mayoría de los hombres no esté actualmente de su lado. Un estudio exacto de la Historia nos muestra, en efecto, que no fueron las masas las que hicieron la Revolución. Ellas se movieron en un sentido revolucionario porque tuvieron por detrás elites revolucionarias. Si hubiesen tenido detrás de sí elites de orientación opuesta, probablemente se habrían movido en un sentido contrario. El factor masa, según muestra la visión objetiva de la Historia, es secundario; lo principal es la formación de las elites. Ahora bien, para esa formación, el contra-revolucionario puede estar siempre aparejado con los recursos de su acción individual y puede, pues, obtener buenos frutos, a pesar de la carencia de medios materiales y técnicos con que, a veces, tenga que luchar.

[1] “¡Ay del hombre que está solo!” (Ecle 4, 10).

[2] Oeuvres Complètes, P. Lethielleux, Librairie-Editeur, París, vol. XXXIII, p. 349.

Parte II - Capítulo VI

Los medios de acción de la
Contra-Revolución


1. TENDER A LOS GRANDES MEDIOS DE ACCIÓN

En principio, claro está, la acción contra-revolucionaria merece tener a su disposición los mejores medios de televisión, radio, gran prensa, propaganda racional, eficiente y brillante. El verdadero contra- revolucionario debe tender siempre a la utilización de tales medios, venciendo el estado de espíritu derrotista de algunos de sus compañeros, quienes, de antemano, abandonan la esperanza de disponer de ellos porque los ven siempre en poder de los hijos de las tinieblas.

No obstante, debemos reconocer que, en concreto, la acción contra-revolucionaria tendrá que realizarse muchas veces sin esos recursos.

2. UTILIZAR TAMBIÉN LOS MEDIOS MODESTOS: SU EFICACIA

Aun así, y con medios de los más modestos, podrá alcanzar resultados muy apreciables, si tales medios fueren utilizados con rectitud de espíritu e inteligencia. Como vimos, es concebible una acción contra-revolucionaria reducida a la mera actuación individual. Pero no se la puede concebir sin ésta última, la cual, a su vez, siempre que sea bien hecha, abre las puertas a todos los progresos.

Los pequeños periódicos de inspiración contra-revolucionaria, cuando son de buen nivel, tienen una eficacia sorprendente, principalmente para la tarea primordial de hacer que los contra-revolucionarios se conozcan.

Tanto o más eficientes pueden ser el libro, la tribuna y la cátedra, al servicio de la Contra-Revolución.

viernes, 16 de mayo de 2008

Parte II - Capítulo VII

Obstáculos a la Contra-Revolución


1. ESCOLLOS A EVITAR ENTRE LOS CONTRA-REVOLUCIONARIOS

Los escollos que los contra-revolucionarios deben evitar radican, muchas veces, en ciertos malos hábitos de agentes de la Contra-Revolución.

En las reuniones o en los impresos contra-revolucionarios la temática debe ser cuidadosamente seleccionada. La Contra-Revolución debe mostrar siempre un aspecto ideológico, incluso cuando trata de cuestiones muy menudas y contingentes. Volverse, por ejemplo, sobre los problemas político-partidistas de la Historia reciente o de la actualidad puede ser útil. Pero dar excesivo realce a pequeñas cuestiones personales, hacer de la lucha con adversarios ideológicos locales lo principal de la acción contra-revolucionaria, presentar la Contra-Revolución como si fuese una simple nostalgia (no negamos, claro está, la legitimidad de esa nostalgia) o un mero deber de fidelidad personal, por más santo y justo que éste sea, es presentar lo particular como si fuese lo general, la parte como si fuera el todo, es mutilar la causa a la que se quiere servir.

2. LOS “SLOGANS” DE LA REVOLUCIÓN

Otras veces estos obstáculos consisten en slogans revolucionarios, no pocas veces aceptados como dogmas hasta en los mejores ambientes.

A. “La Contra-Revolución es estéril por ser anacrónica”
El más insistente y nocivo de esos slogans consiste en afirmar que en nuestra época la Contra-Revolución no puede prosperar porque es contraria al espíritu de los tiempos. La Historia, se dice, no vuelve atrás.

Según ese singular principio, la Religión Católica no existiría. Pues no se puede negar que el Evangelio era radicalmente contrario al medio en que Nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles lo predicaron. Y la España católica, germano-romana, tampoco existiría. Pues nada se parece más a una resurrección —y por tanto, de algún modo, a una vuelta al pasado— que la plena reconstitución de la grandeza cristiana de España, al cabo de los ocho siglos que van de Covadonga hasta la caída de Granada. El mismo Renacimiento, tan caro a los revolucionarios, fue, por lo menos bajo varios aspectos, la vuelta a un naturalismo cultural y artístico fosilizado hacía más de mil años.

La Historia, por tanto, comporta vaivenes, ya sea en las vías del bien, sea en las del mal.

Por lo demás, cuando se ve que la Revolución considera algo como coherente con el espíritu de los tiempos, es preciso circunspección.

Pues no pocas veces se trata de alguna antigualla de los tiempos paganos, que ella quiere restaurar.

¿Qué tienen de nuevo, por ejemplo, el divorcio o el nudismo, la tiranía o la demagogia, tan generalizados en el mundo antiguo?

¿Por qué será moderno el divorcista y anacrónico el defensor de la indisolubilidad?

El concepto de “moderno” para la Revolución se cifra en lo siguiente: es todo lo que dé libre curso al orgullo y al igualitarismo, así como a la sed de placeres y al liberalismo.

B. “La Contra-Revolución es estéril por ser esencialmente negativista”
Otro slogan: la Contra-Revolución se define por su propio nombre como algo negativo, y por tanto estéril. Simple juego de palabras. Pues el espíritu humano, partiendo del hecho de que la negación de la negación implica una afirmación, expresa de modo negativo muchos de sus conceptos más positivos: in-falibilidad, in-dependencia, innocencia, etc. ¿Sería negativismo luchar por cualquiera de esos tres objetivos, sólo por causa de la formulación negativa con que ellos se presentan? ¿Hizo obra negativista el Concilio Vaticano I, cuando definió la infalibilidad papal? ¿Es la Inmaculada Concepción una prerrogativa negativista de la Madre de Dios?

Si se entiende por negativista, de acuerdo con el lenguaje corriente, algo que insiste en negar, en atacar, y en tener los ojos continuamente vueltos hacia el adversario, se debe decir que la Contra-Revolución, sin ser sólo negación, tiene en su esencia algo fundamental y sanamente negativista. Constituye, como dijimos, un movimiento dirigido contra otro movimiento, y no se comprende que, en una lucha, un adversario no tenga los ojos puestos sobre el otro y no esté en una actitud de polémica con él, de ataque y contraataque.

C. “La argumentación contra-revolucionaria es polémica y nociva”
El tercer slogan consiste en censurar las obras intelectuales de los contra-revolucionarios, por su carácter negativista y polémico, que las llevaría a insistir demasiado en la refutación del error, en lugar de hacer la exposición límpida y despreocupada de la verdad. Ellas serían, así, contraproducentes, pues irritarían y apartarían al adversario.

Exceptuados los posibles excesos, ese cuño aparentemente negativista tiene una profunda razón de ser. Según lo que fue dicho en este trabajo, la doctrina de la Revolución estaba contenida en las negaciones de Lutero y de los primeros revolucionarios, pero sólo muy lentamente se fue haciendo explícita en el transcurso de los siglos. De manera que los autores contra-revolucionarios sintieron, desde el principio, y legítimamente, en todas las formulaciones revolucionarias, algo que excedía a la propia formulación. Hay mucho más para ser considerado en la mentalidad de la Revolución en cada etapa del proceso revolucionario, que simplemente la ideología enunciada en esa etapa.

Para hacer un trabajo profundo, eficiente y enteramente objetivo, es, pues, necesario acompañar paso a paso la marcha de la Revolución, en un penoso esfuerzo para explicitar las cosas implícitas en el proceso revolucionario. Sólo así es posible atacar a la Revolución como de hecho ella debe ser atacada. Todo esto ha obligado a los contra-revolucionarios a tener constantemente puestos los ojos en la Revolución, pensando y afirmando sus tesis en función de los errores de ella. En este duro trabajo intelectual, las doctrinas de verdad y de orden existentes en el depósito sagrado del Magisterio de la Iglesia son, para el contra-revolucionario, el tesoro del cual va sacando cosas nuevas y viejas [1] para refutar la Revolución, a medida que va viendo más a fondo en sus tenebrosos abismos.

Así, pues, en varios de sus más importantes aspectos, el trabajo contra-revolucionario es sanamente negativista y polémico. Es, por lo demás, por razones no muy diversas que, la mayoría de las veces, el Magisterio Eclesiástico va definiendo las verdades en función de las diversas herejías que van surgiendo a lo largo de la Historia, formulándolas como condenaciones de los errores que les son opuestos. Actuando así, la Iglesia nunca temió hacer mal a las almas.

3. ACTITUDES ERRADAS FRENTE A LOS “SLOGANS” DE LA REVOLUCIÓN

A. Hacer abstracción de los slogans revolucionarios
El esfuerzo contra-revolucionario no debe ser libresco, es decir, no puede contentarse con una dialéctica con la Revolución en el plano puramente científico y universitario. Reconociéndole a ese plano toda su gran y hasta grandísima importancia, el punto de mira habitual de la Contra-Revolución debe ser la Revolución tal cual es pensada, sentida y vivida por la opinión pública en su conjunto. En este sentido los contra-revolucionarios deben atribuir una importancia muy particular a la refutación de los slogans revolucionarios.

B. Eliminar los aspectos polémicos de la acción contra-revolucionaria
La idea de presentar la Contra-Revolución bajo una luz más “simpática” y “positiva”, haciendo que ella no ataque a la Revolución, es lo más tristemente eficiente que puede haber para empobrecerla de contenido y de dinamismo
[2].

Quien actuase según esa lamentable táctica mostraría la misma falta de sentido de un jefe de Estado que, frente a tropas enemigas que transponen la frontera, hiciese cesar toda resistencia armada, con la intención de cautivar la simpatía del invasor y, así, paralizarlo. En realidad, anularía el ímpetu de la reacción, sin detener al enemigo. Es decir, entregaría la patria...

Esto no quiere decir que el lenguaje del contra-revolucionario no sea matizado según las circunstancias.

El Divino Maestro, predicando en Judea, que estaba bajo la acción próxima de los pérfidos fariseos, usó un lenguaje candente. En Galilea, al contrario, donde predominaba el pueblo sencillo y era menor la influencia de los fariseos, su lenguaje tenía un tono más docente y menos polémico.

[1] Cfr. Mt 13, 52.

[2] Cf. Parte II, Cap. VII, § 3, B.